miércoles, 6 de agosto de 2014

El paso del Noroeste - Michel Serres (Fragmentos I)

El nuevo Zenón
De repente, la montaña se volvía cercana al átomo, y la
rosa de los vientos al ángulo menudo, la cresa se arrastraba
algunos angströms sobre calzas de gigante, el cabo duro se
constelaba con el rocío escarchado de la ola. Los órdenes ya
no estaban en orden, los órdenes de magnitud ya no estaban
ordenados, y tampoco los géneros de formas: la pequeña roca
de Polifemo, el islote de Pantelleria, la gran isla de Sicilia y el
continente italiano son echados a la suerte por Neptuno, no
están alineados como las Pirámides, a la sombra de Tales.
Este desorden introducido en la similitud producía
sencillamente el estado del hábito y de lo acostumbrado. El
espacio de la razón ya no decía no al espacio de la vida y de
las cosas mismas. Zenón no renuncia de ningún modo a la
razón en la profusión alocada de lo concreto, aprende que la
razón es un caso singular en un sorteo, una singularidad entre
otras. Los recorridos anteriores son pobres y particulares
respecto a este último, el fiel y el afortunado.
Entonces sonríe, suavemente: quizá esté lejos de mi
destino, no importa, dice. Pero creo que ya no estoy tan
alejado de lo real; no lo repita usted.
El nuevo Zenón, de París o de Londres, llamaba a su
método randonnée dado que un viejo término de caza, randon,
había generado dos parientes cercanos y sin embargo
divergentes: el francés randonnée, excursión a pie, y el inglés
random, el azar, la suerte...
El paso del Noroeste

El paso del Noroeste hace comunicar el océano Atlántico
con el Pacifico, por los fríos parajes del gran norte canadiense.
Se abre, se cierra, se tuerce a través del inmenso archipiélago
ártico fractal, a lo largo de un dédalo alocadamente
complicado de golfos y canales, cuencas y estrechos, entre la
Tierra de Baffin y la Tierra de Banks. Aleatoria distribución y
fuertes coerciones regulares, el desorden y las leyes. Usted lo
emboca en el estrecho de Davis, acaba en el mar de Beaufort.
De allí, corre por el norte de Alaska hacia las Aleurianas.
Alivio, desemboca en el nombre de la paz.

En las antiguas, iba a decir clásicas, clasificaciones de las ciencias, el estado de este pasaje no se describe de ese modo. Se diría que no plantea problema. Y, de hecho, a primera vista, no tendría por qué. Vivimos y pensamos tanto de colectividad como de mundo, el equilibrio de los planetas es la condición de nuestra supervivencia como lo es nuestro entorno humano, necesitamos tanto del lenguaje como del oxígeno. Así pues, las ciencias humanas siguen, en la lista o en el tiempo, a las ciencias exactas, siguen o preceden, esto no importa, siguen, preceden, o se yuxtaponen, en suma, donde sea que estén unas respecto a otras, se encuentran en el mismo espacio y mantienen relaciones sencillas. Esto es bastante cierto, pero no del todo.
Decir que en cada uno de los niveles el juego cambia de reglas bastaría, siempre y cuando el nivel no fuera una regla. Sí, cuando el juego cambia de regla, el propio nivel cambia y se pierde.
El cálculo se funda en la idea muy sencilla de que existe un camino de lo local a lo global. Este camino se prolonga, de proximidad en proximidad, las más de las veces es abierto. Esta es la idea no dicha de los clásicos, hasta los románticos incluidos, ésta es la idea que terminó siendo explicitada y luego puesta en tela de juicio. Hemos terminado por pensar que esta prolongación no es, las más de las veces, posible.

Lo que nos separa de nuestros predecesores se resume en parte en eso y es sencillo. Existe un camino, o no existe. Y si existe, no es cosa temporal, debida a nuestras negligencias o incapacidades; sabemos demostrar su inexistencia. Un día, quizá, tendremos que pensar que Newton tuvo suerte en poder establecer una regla universal, pasar de la caída de los cuerpos a la circulación de los planetas, es decir pasar de lo local a lo global, porque se encontró dos veces con un caso de armonía, cálculo y fenómeno. Esta suerte no se da todos los días. Lo que solemos denominar razón, racionalidad, no es, quizá, otra cosa que un caso raro. Lo racional sería un islote inmerso en lo real. Ya lo he dicho y volveré sobre ello.

Está lo local y está lo global, uno está incluido en el otro y se distribuye en él. Ciertamente existe un camino que conduce de un saber a otro, y de un saber a todos los saberes, o a la totalidad del saber. Se trata, en efecto, a la ciencia como la ciencia aprende a tratar el mundo.

Aquí el espacio es continuo, allí desgarrado, como la hoja de papel, no siempre es seguro que exista un camino que atraviese los Pirineos o el río, para conectar la verdad de uno mismo a uno mismo, o que vaya más allá de la burla que la elocuencia verdadera muestra respecto de la elocuencia.

Hablo con muchas voces: del método para conducir bien su pensamiento, de la técnica rigurosa, aunque un poco vaga todavía, del cálculo, del tratamiento por él de las cosas del mundo, mecánico o físico, de la escala de los seres, que resulta de este tratamiento, de los estados de cosas, de la scala entium y de la scala intellectus, de la escala del entendimiento o del espacio del saber. Es cierto que las decisiones se toman de golpe. El espacio es jerárquico, es homogéneo o macizo, a jirones, cualquiera que sea el espacio del que se hable. Y el camino pasa o se pierde, en el método, el cálculo, el mundo, el saber, las clasificaciones. No soy yo el que habla con varias voces únicamente, todos mis predecesores han seguido esta vía unitaria.

La desgracia vino, en esta vía filosófica, de la necia simplificación de una cuestión en la que se manifestó la
exuberancia barroca. Se simplifica, en general, mediante una elección forzada: continuo o discontinuo, análisis o síntesis, excluyéndose el tercio. Dios o diablo, sí o no, conmigo o contra mí, entre dos cosas una sola. Ahora bien, la complejidad asoma por el lado de lo real, en tanto que el dualismo incita a la batalla en que muere el pensamiento nuevo, en que desaparece el objeto. El dualismo sirve para definir propiamente las almenas en las que se instalan, por mucho tiempo en equilibrio, combatientes carentes de coraje. Uno lucha para no trabajar, al no luchar trabaja. La búsqueda desaparece en provecho del reparto en escuelas, en sectas, en grupos de presión, el espacio del problema desaparece bajo la bulliciosa cuadriculación de los ocupantes. La clasificación, del latín classis, cuerpo de ejército, también es el resultado de la relación de fuerzas, tiene mucha relación con la lucha y muy poca con la apuesta, o mucha con la apuesta y muy poca con el objeto. La simplificación procede de la lucha. Debería inyectarse paz para ver un poco más claro, abandonar el espacio del combate, donde se levanta la polvareda, para tener visibilidad. La razón por la que el inventor siempre parece llegar de afuera es que adentro la barahúnda de la lucha cubre, con su continuo ruido de fondo, los mensajes pertinentes, es que el adentro mismo está estructurado por aquel ruido. Aquí dentro se cree que el ruido de batalla es el mensaje sobre el objeto. Es el error cotidiano y común. Es el más implacable freno de la historia y del progreso. El verdadero conservador es aquel que lucha, ya que siempre se lucha del mismo modo. El inventor no es inventor porque es de afuera: esta idea aún es de odio, pertenece a los que creen que existe un adentro, y por lo tanto un afuera; no, es inventor porque todo el espacio está siempre ya tomado, almena por almena, como se suele decir, milímetro por milímetro. No ha tenido lugar donde colocar su cabeza y dormir, como duermen los perezosos. Tiene pues que inventar, si quiere sobrevivir, e inventar también un espacio nuevo por completo, sin relación alguna con el viejo espacio tontamente repartido. Tiene que crear para vivir, pues vive en la vecindad de la muerte. No, no es el héroe de lo negativo, dragón con lanza y coraza, pico y uñas. Es el heraldo de un espacio en otra parte. Lo positivo y lo negativo son los mismos, gemelos. El inventor está en otra parte, hace otra parte. En la vecindad del ruido, del caos, del desorden mortal, donde se alza lo nuevo. El ruido de la batalla mantiene el espacio, sin solución, de Oriente a Occidente, nada nuevo bajo el sol de la discordia, exterior como interior. Venecia y México fueron fundadas por fugitivos expulsados de espacios vivibles hacia pantanos, alturas, hondonadas mortales.

La desgracia vino de la simplificación por las armas. Es de este artefacto social del que hay que desconfiar, si uno quiere pensar. Los demás prejuicios son de poco peso frente a este monstruoso animal de necedad. Sí, la lucha es nuestra primera costumbre, aplasta nuestro despertar intelectual. Sí, el pensamiento no tiene otro bloqueo que el odio. La desgracia del pensamiento siempre procede de él, comparado con él, sólo existen pequeñas desgracias.

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