sábado, 23 de julio de 2011

Cartas de Islandia - W. H. Auden y Louis MacNeice, Fragmentos.

Éste es el ruego de todo viajero:
"No caer en manos de un médico".
Cada puerto tiene un nombre para el mar:
el inhabitable, el que corroe, el lamento.
Y el norte significa para todos rechazo.

Intenso para el día anormal de este mundo.
"Al que más amé, a aquél di el peor trato".

¿Cuándo se hará justicia?
¿Quién está en contra mía?
¿Por qué estoy siempre solo?

La verdad en el caso de ambos es que
sólo somos felices viviendo entre lunáticos.

Los que alimentan nuestros cerebros 
con cuchicheos y autocompasión,
los que necesitan siempre un ruido, 
la radio o el sonido de un camión,
el tráfico de la ciudad y los semáforos, 
saltarse el ámbar,
siempre en movimiento 
para no tener que recordar

la necesidad del silencio de las islas,
el glaciar que flota lejos de las mismas,

éste es el roce que nos hace contraer los dedos,
y estirarnos como gatos, lo que despierta el deseo
de abrir a la lluvia la ventana cerrada,
salir a la calle y no volver a ser visto en casa.

Las canciones de jazz nos hablan de una luna hermosa
y nos gusta soñar con un calor que nunca sofoca,
con melones para comer, con música y “una espita
de champaña, con horas para deshojar la margarita”.

“Escapa quedándote donde estás;
Un hombre es lo que cree ser 
y el dónde de su felicidad está en él. 
Qué bonito nacer hombre”.

No cambiamos el suelo 
para escapar de un determinado hecho
sino para encontrarlo. 
Este mundo sin duda muy complejo
exige un gran esfuerzo de simplificación; 
para enfocarlo tienes que salir del gentío 
y de algún modo organizarlo.

Aunque lo cierto es que una verdadera decisión nunca tomamos,
y que el estímulo nos lleva, mecánicamente, de las manos.
Aristóteles “Encontró su naturaleza”;
Nosotros encontramos nuestra naturaleza a diario o lo intentamos,
la vieja llama se extingue, el rojo encendido olvidamos.
Un momento de sintonía, otro de intensidad,
y la criatura vuelve a la vida, la sinfonía vuelve a empezar:

Yo he venido del norte, huyendo alegremente
del engranaje agobiante, del cambio permanente,
de los crujidos de la habitación familiar,
de la sonrisa del cruel reloj, de las facturas sin pagar,
del exceso de libros y de almohadones, de los tacones
que resuenan por la calle, de los periódicos y de los vendedores,
de las campañas de la banderita y de la manga ondeante del
lisiado,
del acecho del sexo, de la pasión de extraer un significado
del río incesante de gente que pasa a tu lado,
del intento de escalar el pico más encumbrado;
Qué se encuentra en la cima, nadie lo sabe,
esto es una rifa de gorros que luego no nos valen,
pero todos compramos boletos, seguimos en la vía,
nos detenemos o cambiamos el movimiento por un día;
aquí el ritmo es diferente, las pelotas del malabarista
penden del aire, como el suflé que caerá después ante tu vista.
Aquí es posible tomar un respiro, descansar junto a un lago,
admirar fotogramas de la vida o imágenes del fuego helado;
Entre estas rocas, la lengua pronuncia retazos de pensamientos
que no han sido antes maltratados por cientos,
o trozos de irreflexión, lo cual casi prefiero
(pensar estos días, no provoca sino un general parloteo).

Yo mismo me río.

¿Dónde está el Juan sin Miedo de los buenos tiempos,
el fanfarrón pendenciero de patosas gestas?
Hace mucho que a las llamadas no contesta,
sus acres de seguridad personal están en venta,

de algún modo, soy ese que da la vuelta a la esquina,
y quizá, como Jack Horner, tenga suerte en la vida.

“Soy el secretario particular del ogro;
de su estatura y de su poder estoy bien enterado,
y doy muestras abiertas de mi encono
sólo cuando la gigantesca espalda se ha girado.
Algún día, quién sabe, haré lo que siempre he anhelado.
El renacuajo, con cinco dedos en la puerta,
lo tumbará en el suelo como respuesta”

Algún día -¿Cuál?- o cualquier otro día,
pero no hoy. El ogro conoce a su hombre.
Matar al ogro, eso definitivamente alejaría
el miedo con el que empieza su onírico goce,
y su vida sin soñar sería una pesada mole.
A esos que podrían destruir su hermoso cuento,
a ésos odia con implacable resentimiento.

Sin embargo, son los vivos los que deben elegir
lo que debe hacerse, y la rígida nación
se adapta de la historia al devenir;
Aunque alertas se mantengan sus centinelas en el torreón,
y cada hombre, en cada generación,
mientras da vueltas en la cama, por este dilema acosado,
llame a las sombras de sus nobles antepasados.

“Sólo en Islandia uno está realmente solo, y los grandes espacios despoblados y desiertos contagian parte de su terrible calma al espíritu. Era como escuchar música noble, aunque confusa y difícil de seguir. Si el paisaje italiano es como Mozart; si en Suiza, lo dulce y lo sublime se corresponden artísticamente con Beethoven; Podríamos tomar Islandia como el modelo de naturaleza musical de los modernos, pongamos un Schumann en su expresión más salvaje y extraña”.

“No hay un solo campesino en el país que no tenga un juego de ajedrez, que fabrican con espinas de pescado. La única diferencia entre el suyo y el nuestro es que en el primero el alfil ha sido sustituido por un bufón, ya que los islandeses piensan que los clérigos deberían estar cerca de la persona del rey. Sus torres han sido sustituidas por la figura de unos pequeños capitanes que los entendidos islandeses llaman centuriones. Estas figuras están representadas con una espada a un costado, y tienen mejillas encendidas, como si estuvieran soplando los cuernos que llevan en ambas manos”.