miércoles, 3 de enero de 2018

Más discusión - Charles Bukowski

Rilke, ella dijo, ¿no adoras a
Rilke?
no, dije, me aburre,
los poetas me aburren, son mierdas, caracoles, pedacitos de
polvo en un viento barato.
Lorca, dijo, ¿qué te parece Lorca?
Lorca era bueno cuando era bueno. Sabía como cantar,
pero la única razón por la que te gusta
es porque fue asesinado.
Shelley, entonces, ¿qué te parece Shelley?
¿no se ahogó en un bote de remos?
entonces ¿qué te parecen los amantes? me olvidé sus nombres...
los dos franceses, uno asesinó al
otro...
bárbaro, dije, ahora háblame de
Oscar Wilde.
un gran hombre, dijo ella.
él era inteligente, dije, pero tu crees en todas esas cosas
por la razón equivocada.
Van Gogh, entonces, dijo ella.
ahí vamos, dije, ahí vamos de nuevo
¿qué me quieres decir?
quiero decir que lo que los otros pintores de la época decían era verdad:
que era un pintor promedio.
¿cómo lo sabes?
lo sé porque pagué $10 para entrar y ver algunas de sus pinturas.
Vi que era interesante,
honorable, pero no grandioso.
¿cómo puedes decir, preguntó, todas estas cosas acerca de toda esta gente?
querrás decir ¿por qué no estoy de acuerdo contigo?
¡Para ser un hombre que casi se está muriendo de hambre, hablas como si fueras
un tremendo sabio!
Pero, dije, ¿no se murieron de hambre todos tus héroes?
Pero esto es diferente; no te gusta nada de lo que a mí me gusta.
No, dije, simplemente no me gustan de la manera que te gustan.
Me voy, dijo.
Podría haberte mentido, dije, como la mayoría
lo hace.
¿Quieres decir que los hombres me mienten?
Sí, para llegar a lo que crees que es sagrado.
¿Quieres decir que no es sagrado?
No lo sé, pero no te voy a mentir
para que funcione.
Vete a la mierda entonces, dijo.
Buenas noches, dije.
Ella dio un bruto portazo.
Me levanté y prendí la radio.
Había un pianista tocando la misma pieza de
Grieg.
Nada cambió.
Nada cambia nunca.
Nada.

Poema de Bukowski

Desde mi cama
observo
3 pájaros
en un cable
de teléfono.
Uno se va
volando
luego
otro.
Queda uno,
luego
también él
se va.
Mi máquina de escribir está
silenciosa como un sepulcro.
Y yo me he quedado
reducido a observar
Pájaros.
Simplemente he pensado
que te lo debía contar
Cabrón.

Mejor es levantarse - Fayad Jamís

Si no puedes dormir levántate y navega.
Si aún no sabes morir sigue aprendiendo a amar.
La madrugada no cierra tu mundo: afuera hay estrellas,
hospitales, enormes maquinarias que no duermen.
Afuera están tu sopa, el almacén que nutre tus sentidos
el viento de tu ciudad. Levántate y enciende
las turbinas de tu alma, no te canses de caminar
por todas partes, anota las últimas inmundicias
que le quedaron a tu tierra, pues todo se transforma
y ya no tendrás ojos para el horror abolido.
Levántate y multiplica las ventanas, escupe en el rostro
de los incrédulos: para ellos todo verdor no es más que herrumbre.
Dispara tu lengua de vencedor, no sólo esperes la mesa tranquila
mientras en otros sitios del mundo chillan los asesinos.
Si no puede soñar golpea los baúles polvorientos.
Si aún no sabes vivir no enseñes a vivir en vano.
Tritura la realidad, rómpete los zapatos auscultando las calles,
no des limosnas. Levántate y ayuda al mundo a despertar.

Anaïs Nin - Diario I (Fragmento)

PRINCIPIOS DE JUNIO DE 1932
Es el rol de Fred, inconcientemente, el de envenenar mi felicidad. Señala lo inadecuado del amor de Henry. No me merezco un amor a medias, me dice. Me merezco cosas extraordinarias. Mierda, el amor a medias de Henry vale más para mí que todos los amores de mil hombres.
Por un momento imaginé un mundo sin Henry (Miller). Y juro que el día que pierda a Henry voy a asesinar mi vulnerabilidad, mi capacidad para el verdadero amor y mis sentimientos, con el libertinaje más frenético. Después de Henry no quiero más amor. Sólo coger, por un lado, y el trabajo y la soledad, por el otro. No más dolor.
Después de no ver a Henry por cinco días por mil obligaciones, no pude soportarlo más. Le pedí de vernos una hora entre un compromiso y otro. Hablamos por un rato y nos fuimos al hotel más cercano. Qué profunda necesidad de él. Sólo cuando estoy en sus brazos todo parece estar bien. Después de una hora con él yo pude seguir con mi día, haciendo cosas que no quiero hacer, viendo a gente que no me interesa.

Un cuarto de hotel para mí tiene una implicación de voluptuosidad, de cosa furtiva, rápida. Quizás no ver a Henry alzó todavía más mi hambre. Me masturbo a menudo, con lujuria, sin remordimiento o una sensación de desagrado posterior. Por primera vez sé lo que es comer. Subí casi dos kilos. Tengo un hambre frenética y la comida que como me da un placer prolongado. Nunca antes comí de esta manera, tan profundamente carnal. Tengo tres deseos ahora: comer, dormir y coger. Los cabarets me excitan. Quiero escuchar música estridente, ver caras, frotarme con otros cuerpos, beber fogosos licores. Hermosas mujeres y hombres apuestos me despiertan feroces deseos. Quiero bailar. Quiero drogas. Quiero conocer gente perversa, intimar con ellos. Nunca miro caras ingenuas.
Quiero llegar a mordiscos a la vida y ser desgarrada por ella. Henry no me da todo esto. Yo desperté su amor. A la mierda con su amor. Me puede coger como ningún otro puede, pero yo quiero más que eso. Me estoy yendo al infierno, al infierno, al infierno. Salvaje, salvaje, salvajemente
* * *
" Me fui a mi cuarto, envenenada. Soplaba incesante el mistral, seco y cálido. Así llevaba días, desde que llegué. Destrozaba mis nervios. No pensé en nada. Me sentía dividida, esa división me mataba, la lucha por sentir la alegría, una alegría inalcanzable. La irrealidad opresiva. De nuevo la vida retrocediendo, eludiéndome. Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez de John, la compasión de Allendy, las abstracciones de Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo de Henry. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad!.Este amor de hombre, por las semejanzas entre nosotros, por la relación de sangre, atrofiaba mi alegría. Y de este modo, la vida hacía conmigo su viejo truco de disolución, de pérdida de lo palpable, de lo normal.
Soplaba el viento mistral y se destruían las formas y los sabores. El esperma era un veneno, un amor que era veneno. "
* * *
“Me niego a vivir en un mundo ordinario como una mujer ordinaria.
A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis.
Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo.
No me adaptaré de mi mundo. Me adaptaré de mi misma”

Canto XVIII - Ezra Pound (Fragmento)

Y sobre Kublai:
"Les he hablado en detalle acerca de la ciudad de ese emperador
y les hablaré sobre la emisión de moneda en Cambaluc:
                   que designa el secreto arcano de la
                   alquimia:
Toman el líber de la morera,
O sea la capa entre la madera y la corteza,
Y con esta hacen papel y lo marcan.
Medio tornés, un tornés, o medio estátero de plata,
O dos estáteros, o cinco estáteros, o diez estáteros.
O, para un pliego grande, un besante de oro, 3 besantes, diez besantes;
Y son refrendados por los funcionarios,
Y refregados con el sello del gran Kan bermellón;
Y los falsificadores son castigados con la pena de muerte,
Y todo esto no le cuesta nada al gran Kan,
Y así, es rico en este mundo,
Y sus chasquis van cosidos y sellados,
Sus casacas abrochadas por la espalda y después precintadas,
Y así desde una punta del viaje hasta la otra.
Y los mercaderes indios que llegan
Tienen que hacer entrega de sus joyas, y aceptar esta moneda de papel,
(Un comercio qe asciende, en besantes, a 400.000 por año.)
Y los nobles tienen que comprar sus perlas"
-así Messire Polo; en la prisión de Génova-
"Acerca del emperador."
                      Había un chico en Constantinopla,
Y un británico le dio una patada en el culo.
"Odio a estos franceses" le dijo Napoleón, a la edad de 12 años,
al joven Bourrienne. "Les haré todo el daño que pueda."
Y así también Zenos Metevsky;
Y el viejo Biers, un novato, andaba por ahí
Intentando vender cañones, y Metevsky encontró la puerta trasera;
Y el viejo Biers logró vender las armas,
Y Metevsky murió y lo enterraron, es decir, "oficialmente",
Y estaba sentado en el Yeiner Kafé mirando el funeral.
Unos diez años después de este incidente,
Ya era propietario de una buena tajada de Humbers.
"¡Paz! ¡Pa-haz!", dijo Mr. Giddings,
"¿U-ni-ver-sal? No en tanto tengas dos mil millones de tu dinero"
dijo Mr. Giddings, "invertidos en la ma-nu-fac-tu-ra
de maquinaria bélica. Cómo se lo vendí a Rusia -
"Pos les llevamos un torpedero nuevo.
"Y era todo eléctrico, se manejaba todo
"Desde un tecladito, más o menos del
"Tamaño de una máquina de escribir, y el príncipe vino a bordo,
"Y le dijimos ¿le gustaría timonearlo?
Y él fue y lo encalló en la escollera,
"Y le destrozó todo el frente,
"Carajo, el príncipe se cagó en las patas,
"¿Quién iba a pagar los daños?
"Y ese era mi primer viaje representando a la empresa
"Y le digo, Su Alteza, no es nada,
"Le daremos uno nuevo. Y por Dios que
"La empresa me respaldó, y nos llovieron los pedidos..."
Pues la Marquesa de las Zojas y Hurbara
Solía trasladarse al solar de Sir Zenos en los Champs Elysées,
Y presidía sus cenas, y a las once
Se retiraba por la puerta delantera, con sus lacayos
Y cochero, de librea, y daba una vuelta de cuatro manzanas
Hasta llegar a la puerta trasera, el hijo de puta era su marido,
Y Metevsky, "el renombrado filántropo",
Donó - como los Este a Luis Once -
Una soberbia pareja de jirafas a la nación,
Y dotó una cátedra de balística,
Y era consultado antes de las ofensivas.

Y Mr. Oige muy colérico en la primera clase
De Niza a París, decía: "¡Peligro!
"La vida de un marinero es una vida de peligro,
"Pero una mina, si cada barra está numerada,
"Y una vez nos pasamos una por alto,
Y murieron trescientos en una explosión."
Estaba molesto con los huelguistas, él había empezado
Como ingeniero y escalado posiciones, y había perdido,
Con esa huelga de mineros, algunos meses después del párrafo:

: Sir Zenos Metevsky ha sido electo presidente
de la Gesthsemane Trebizond Petrol
Y después salió otro: 80 locomotoras
De la Manchester Cardiff han sido equipadas con
Nuevos propulsores a petróleo...
Grandes cantidades de las variedades más pesadas (o sea, de petróleo)
Se encuentran ahora disponibles en el país.
Así que le dije al viejo cuáquero Hamish,
Le dije: "Me interesa." Y se puso pálido como la masilla
Y dijo: "Él no hace publicidad. No, no creo
que averigües mucho." Eso fue cuando pregunté
sobre Metevsky y Melchizedek.
Él, Hamish, le llevó los tractores al
Rey Menelik, 3 ríos y 140 precipicios.

"Qu'est-ce qu'on pense?" Yo dije: "Ellos no pense."
"Son de hueso sólido. Los puedes amputar justo por encima de
La médula, y no se alterará la vida en esta isla."
Pero él insistió: "Mais QU'EST-CE QU'ON pense,
De la metallurgie, en Angleterre, qu'est-ce qu'on pense de Metevsky?"
Y le dije: "No se han enterado ni de cómo se llama.
"Vaya y pregunte en el banco de MacGorvish."

A los observadores japoneses les divertía que
Los francmasones turcos no se hubieran molestado en
Sacarles las... divisas del regimiento a la artillería.
Y el viejo Hamish: Menelik
Tenía la corazonada de que con esa maquinaria... etc etc...
Pero nunca pudo hacerla funcionar,
Nunca consiguió el suministro energético.
Los alemanes le enviaban calderas, pero tenían
Que desguazarlas y cargarlas en camellos,
Y nunca lograban volver a ensamblarlas.
Y entonces el viejo Hamish fue para allí,
Y observó el terreno, 3 ríos,
Y ciento cuarenta precipicios,
Y envió dos tractores, uno para tirar del otro,
Y Menelik envió un ejército, un ejército negro de 5000
Con guindalezas, y sudaron y se sacudieron insectos.

Y lo primero que Dave encendió cuando llegaron
Fue una sierra mecánica,
Y atravesó un tronco de ébano: whhsssh, t ttt,
Dos días de trabajo en tres minutos.

Guerra, una guerra tras otra,
Iniciadas x hombres que no serían capaces de construir un
                         gallinero como la gente.
Y también sabotaje...

Ezra Pound (Hailey, EE UU, 1885-Venecia, Italia, 1972) XXX Cantos, Ediciones Cartoneras, Buenos Aires, 2013
Traducción: Jan de Jager

Nota del Administrador:
La primera parte del canto alude inicialmente al Kublai Kan, último de los reyes mongoles, y más indirectamente, y tal vez en forma irónica, al famoso poema romántico "Kubla Kahn", de Samuel Taylor Coleridge. Cita a continuación a Marco Polo, preso en la prisión de Génova. El segundo personaje importante del poema, Zenos Metevsky, es el fabricante y traficante de armas Basil Zaharoff (1849-1936)

La isla en peso - Virgilio Piñera

La maldita circunstancia del agua por todas partes
me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer
hubiera podido dormir a pierna suelta.
Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar
doce personas morían en un cuarto por compresión.
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,
me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija,
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?

La eterna miseria que es el acto de recordar.
Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,
devolviéndome el país sin el agua,
me la bebería toda para escupir al cielo.
Pero he visto la música detenida en las caderas,
he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas.
Hay que saltar del lecho con la firme convicción
de que tus dientes han crecido,
de que tu corazón te saldrá por la boca.
Aún flota en los arrecifes el uniforme del marinero ahogado.
Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo.
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua
y vivir secamente.
Esta noche he llorado al conocer a una anciana
que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes.
Hay que morder, hay que gritar, hay que arañar.
He dado las últimas instrucciones.
El perfume de la piña puede detener a un pájaro.
Los once mulatos se disputaban el fruto,
los once mulatos fálicos murieron en la orilla de la playa.
He dado las últimas instrucciones.
Todos nos hemos desnudado.

Llegué cuando daban un vaso de aguardiente a la virgen bárbara,
cuando regaban ron por el suelo y los pies parecían lanzas,
justamente cuando un cuerpo en el lecho podría parecer impúdico,
justamente en el momento en que nadie cree en Dios.
Los primeros acordes y la antigüedad de este mundo:
hieráticamente una negra y una blanca y el líquido al saltar.
Para ponerme triste me huelo debajo de los brazos.
Es en este país donde no hay animales salvajes.
Pienso en los caballos de los conquistadores cubriendo a las yeguas,
pienso en el desconocido son del areíto
desaparecido para toda la eternidad,
ciertamente debo esforzarme a fin de poner en claro
el primer contacto carnal en este país, y el primer muerto.
Todos se ponen serios cuando el timbal abre la danza.
Solamente el europeo leía las meditaciones cartesianas.
El baile y la isla rodeada de agua por todas partes:
plumas de flamencos, espinas de pargo, ramos de albahaca, semillas de aguacate.
La nueva solemnidad de esta isla.
¡País mío, tan joven, no sabes definir!

¿Quién puede reír sobre esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos?
Los dulces ñáñigos bajan sus puñales acompasadamente.
Como una guanábana un corazón puede ser traspasado sin cometer crimen.
Una mano en el tres puede traer todo el siniestro color de los caimitos,
más lustrosos que un espejo en el relente,
sin embargo el bello aire se aleja de los palmares.
Si hundieras los dedos en su pulpa creerías en la música.
Mi madre fue picada por un alacrán cuando estaba embarazada.

¿Quién puede reír sobre esta roca de los sacrifícios de gallos?
¿Quién se tiene a sí mismo cuando las claves chocan?
¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán?
La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras.
Ahora no pasa un tigre sino su descripción.

Las blancas dentaduras perforando la noche,
y también los famélicos dientes de los chinos esperando el desayuno
después de la doctrina cristiana.
Todavía puede esta gente salvarse de cielo,
pues al compás de los himnos las doncellas agitan diestramente
los falos de los hombres.
La impetuosa ola invade el extenso salón de las genuflexiones.
Nadie piensa en implorar, en dar gracias, en agradecer, en testimoniar.
La santidad se desinfla en una carcajada.
Sean los caóticos símbolos del amor los primeros objetos que palpe,
afortunadamente desconocemos la voluptuosidad y la caricia francesa,
desconocemos el perfecto gozador y la mujer pulpo,
desconocemos los espejos estratégicos,
no sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne,
desconocemos que muy pronto vamos a practicar estas mortales elegancias.
Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,
en la llovizna diurna, en la llovizna nocturna, siempre en la llovizna,
los cuerpos abriendo sus millones de ojos,
los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan
ante el asesinato de la piel,
los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan como girasoles de fuego
encima de las aguas estáticas,
los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.

Es la confusión, es el terror, es la abundancia,
es la virginidad que comienza a perderse.
Los mangos podridos en el lecho del río ofuscan mi razón,
y escalo el árbol más alto para caer como un fruto.
Nada podría detener este cuerpo destinado a los cascos de los caballos,
turbadoramente cogido entre la poesía y el sol.

Escolto bravamente el corazón traspasado,
clavo el estilete más agudo en la nuca de los durmientes.
El trópico salta y su chorro invade mi cabeza
pegada duramente contra la costra de la noche.
La piedad original de las auríferas arenas
ahoga sonoramente las yeguas españolas,
la tromba desordena las crines más oblicuas.

No puedo mirar con estos ojos dilatados.
Nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo.
Es la espantosa confusión de una mano en lo verde,
los estranguladores viajando en la franja del iris.
No sabría poblar de miradas el solitario curso del amor.

Me detengo en ciertas palabras tradicionales:
el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco,
con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente,
titánicamente paso por encima de su música,
y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo.

Yo combino:
el aguacero pega en el lomo de los caballos,
la siesta atada a la cola de un caballo,
el cañaveral devorando a los caballos,
los caballos perdiéndose sigilosamente
en la tenebrosa emanación del tabaco,
el último gesto de los siboneyes mientras el humo pasa por la horquilla
como la carreta de la muerte,
el último ademán de los siboneyes,
y cavo esta tierra para encontrar los ídolos y hacerme una historia.

Los pueblos y sus historias en boca de todo el pueblo.

De pronto, el galeón cargado de oro se mete en la boca
de uno de los narradores,
y Cadmo, desdentado, se pone a tocar el bongó.
La vieja tristeza de Cadmo y su perdido prestigio:
en una isla tropical los últimos glóbulos rojos de un dragón
tiñen con imperial dignidad el manto de una decadencia.

Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol,
las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras,
las eternas historias de los negros que fueron,
y de los blancos que no fueron,
o al revés o como os parezca mejor,
las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules,
—toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas—,
la eterna historia de la cínica sonrisa del europeo
llegado para apretar las tetas de mi madre.
El horroroso paseo circular,
el tenebroso juego de los pies sobre la arena circular,
el envenado movimiento del talón que rehuye el abanico del erizo,
los siniestros manglares, como un cinturón canceroso,
dan la vuelta a la isla,
los manglares y la fétida arena
aprietan los riñones de los moradores de la isla.

Sólo se eleva un flamenco absolutamente.

¡Nadie puede salir, nadie puede salir!
La vida del embudo y encima la nata de la rabia.
Nadie puede salir:
el tiburón más diminuto rehusaría transportar un cuerpo intacto.
Nadie puede salir:
una uva caleta cae en la frente de la criolla
que se abanica lánguidamente en una mecedora,
y “nadie puede salir” termina espantosamente en el choque de las claves.
Cada hombre comiendo fragmentos de la isla,
cada hombre devorando los frutos, las piedras y el excremento nutridor,
cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra,
cada hombre lanzando dentelladas en el vacío donde el sol se acostumbra,
cada hombre, abriendo su boca como una cisterna, embalsa el agua
del mar, pero como el caballo del barón de Munchausen,
la arroja patéticamente por su cuarto trasero,
cada hombre en el rencoroso trabajo de recortar
los bordes de la isla más bella del mundo,
cada hombre tratando de echar a andar a la bestia cruzada de cocuyos.

La bestia es perezosa como un bello macho
y terca como una hembra primitiva.
Verdad es que la bestia atraviesa diariamente los cuatro momentos caóticos,
los cuatro momentos en que se la puede contemplar
—con la cabeza metida entre sus patas— escrutando el horizonte con ojo atroz,
los cuatro momentos en que se abre el cáncer:
madrugada, mediodía, crepúsculo y noche.

Las primeras gotas de una lluvia áspera golpean su espalda
hasta que la piel toma la resonancia de dos maracas pulsadas diestramente.
En este momento, como una sábana o como un pabellón de tregua, podría
desplegarse un agradable misterio,
pero la avalancha de verdes lujuriosos ahoga los mojados sones,
y la monotonía invade el envolvente túnel de las hojas.

El rastro luminoso de un sueño mal parido,
un carnaval que empieza con el canto del gallo,
la neblina cubriendo con su helado disfraz el escándalo de la sabana,
cada palma derramándose insolentemente en un verde juego de aguas,
perforan, con un triángulo incandescente, el pecho de los primeros aguadores,
y la columna de agua lanza sus vapores a la cara del sol cosida por un gallo.
Es la hora terrible.
Los devoradores de neblina se evaporan
hacia la parte más baja de la ciénaga,
y un caimán los pasa dulcemente a ojo.
Es la hora terrible.
La última salida de la luz de Yara
empuja a los caballos contra el fango.
Es la hora terrible.
Como un bólido la espantosa gallina cae,
y todo el mundo toma su café.
¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Las faenas del día se enroscan al cuello de los hombres
mientras la leche cae desesperadamente.
¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Con un lujo mortal los macheteros abren grandes claros en el monte,
la tristísima iguana salta barrocamente en un caño de sangre,
los macheteros, introduciendo cargas de claridad, se van ensombreciendo
hasta adquirir el tinte de un subterráneo egipcio.
¿Quién puede esperar clemencia en esta hora?
Confusamente un pueblo escapa de su propia piel
adormeciéndose con la claridad,
la fulminante droga que puede iniciar un sueño mortal
en los bellos ojos de hombres y mujeres,
en los inmensos y tenebrosos ojos de estas gentes
por los cuales la piel entra a no sé qué extraños ritos.

La piel, en esta hora, se extiende como un arrecife
y muerde su propia limitación,
la piel se pone a gritar como una loca, como una puerca cebada,
la piel trata de tapar su claridad con pencas de palma,
con yaguas traídas distraídamente por el viento,
la piel se tapa furiosamente con cotorras y pitahayas,
absurdamente se tapa con sombrías hojas de tabaco
y con restos de leyendas tenebrosas,
y cuando la piel no es sino una bola oscura,
la espantosa gallina pone un huevo blanquísimo.

¡Hay que tapar! ¡Hay que tapar!
Pero la claridad avanzada, invade
perversamente, oblicuamente, perpendicularmente,
la claridad es una enorme ventosa que chupa la sombra,
y las manos van lentamente hacia los ojos.
Los secretos más inconfesables son dichos:
la claridad mueve las lenguas,
la claridad mueve los brazos,
la claridad se precipita sobre un frutero de guayabas,
la claridad se precipita sobre los negros y los blancos,
la claridad se golpea a sí misma,
va de uno a otro lado convulsivamente,
empieza a estallar, a reventar, a rajarse,
la claridad empieza el alumbramiento más horroroso,
la claridad empieza a parir claridad.
Son las doce del día.

Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste.
Al mediodía el monte se puebla de hamacas invisibles,
y, echados, los hombres semejan hojas a la deriva sobre aguas metálicas.
En esta hora nadie sabría pronunciar el nombre más querido,
ni levantar una mano para acariciar un seno;
en esta hora del cáncer un extranjero llegado de playas remotas
preguntaría inútilmente qué proyectos tenemos
o cuántos hombres mueren de enfermedades tropicales en esta isla.
Nadie lo escucharía: las palmas de las manos vueltas hacia arriba,
los oídos obturados por el tapón de la somnolencia,
los poros tapiados con la cera de un fastidio elegante
y la mortal deglución de las glorias pasadas.

¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno
cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano de los durmientes?
¿Qué concha paleolítica reventaría con su bronco cuerno
el tímpano de los durmientes?
Los hombres-conchas, los hombres-macaos, los hombres-túneles.
¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar!
¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar!
Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro.
De pronto el mediodía se pone en marcha,
se pone en marcha dentro de sí mismo,
el mediodía estático se mueve, se balancea,
el mediodía empieza a elevarse flatulentamente,
sus costuras amenazan reventar,
el mediodía sin cultura, sin gravedad, sin tragedia,
el mediodía orinando hacia arriba,
orinando en sentido inverso a la gran orinada
de Gargantúa en las torres de Notre Dame,
y todas esas historias, leídas por un isleño que no sabe
lo que es un cosmos resuelto.

Pero el mediodía se resuelve en crepúsculo y el mundo se perfila.
A la luz del crepúsculo una hoja de yagruma ordena su terciopelo,
su color plateado del envés es el primer espejo.
La bestia lo mira con su ojo atroz.
En este trance la pupila se dilata, se extiende
hasta aprehender la hoja.
Entonces la bestia recorre con su ojo las formas sembradas en su lomo
y los hombres tirados contra su pecho.
Es la hora única para mirar la realidad en esta tierra.

No una mujer y un hombre frente a frente,
sino el contorno de una mujer y un hombre frente a frente,
entran ingrávidos en el amor,
de tal modo que Newton huye avergonzado.

Una guinea chilla para indicar el angelus:
abrus precatorious, anona myristica, anona palustris.

Una letanía vegetal sin trasmundo se eleva
frente a los arcos floridos del amor:
Eugenia aromática, eugenia fragrans, eugenia plicatula.
El paraíso y el infierno estallan y sólo queda la tierra:
Ficus religiosa, ficus nitida, ficus suffocans.
La tierra produciendo por los siglos de los siglos:
Panicum colonum, panicum sanguinale, panicum maximum.
El recuerdo de una poesía natural, no codificada, me viene a los labios:
Árbol de poeta, árbol del amor, árbol del seso.

Una poesía exclusivamente de la boca como la saliva:
Flor de calentura, flor de cera, flor de la Y.

Una poesía microscópica:
Lágrimas de Job, lágrimas de Júpiter, lágrimas de amor.

Pero la noche se cierra sobre la poesía y las formas se esfuman.
En esta isla lo primero que la noche hace es despertar el olfato:
Todas las aletas de todas las narices azotan el aire
buscando una flor invisible;
la noche se pone a moler millares de pétalos,
la noche se cruza de paralelos y meridianos de olor,
los cuerpos se encuentran en el olor,
se reconocen en este olor único que nuestra noche sabe provocar;
el olor lleva la batuta de las cosas que pasan por la noche,
el olor entra en el baile, se aprieta contra el güiro,
el olor sale por la boca de los instrumentos musicales,
se posa en el pie de los bailadores,
el corro de los presentes devora cantidades de olor,
abre la puerta y las parejas se suman a la noche.

La noche es un mango, es una piña, es un jazmín,
la noche es un árbol frente a otro árbol sin mover sus ramas,
la noche es un insulto perfumado en la mejilla de la bestia;
una noche esterilizada, una noche sin almas en pena,
sin memoria, sin historia, una noche antillana;
una noche interrumpida por el europeo,
el inevitable personaje de paso que deja su cagada ilustre,
a lo sumo, quinientos años, un suspiro en el rodar de la noche antillana,
una excrecencia vencida por el olor de la noche antillana.
No importa que sea una procesión, una conga,
una comparsa, un desfile.
La noche invade con su olor y todos quieren copular.
El olor sabe arrancar las máscaras de la civilización,
sabe que el hombre y la mujer se encontrarán sin falta en el platanal.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No hay que ganar el cielo para gozarlo,
dos cuerpos en el platanal valen tanto como la primera pareja,
la odiosa pareja que sirvió para marcar la separación.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No queremos potencias celestiales sino presencias terrestres,
que la tierra nos ampare, que nos ampare el deseo,
felizmente no llevamos el cielo en la masa de la sangre,
sólo sentimos su realidad física
por la comunicación de la lluvia al golpear nuestras cabezas

Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad,
un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios:
un velorio, un guateque, una mano, un crimen,
revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,
haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,
un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla:
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

                                                                            1943

Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912-La Habana, 1979), "La vida entera", 1968, La isla en peso, Tusquets, Barcelona, 2000

“I am waiting” - Lawrence Ferlinghetti

Yo estoy esperando a que mi caso surja
y estoy esperando
por un renacimiento del asombro
y por alguien
que descubra realmente América
y grite
y yo estoy esperando
por el hallazgo
de una nueva y simbólica frontera del oeste
y estoy esperando
a que el águila americana
realmente abra sus alas
y enderece en un vuelo recto
y estoy esperando
para que la Era de la Ansiedad
caiga muerta
y yo estoy esperando
por la guerra que se peleará
en la cual el mundo será seguro
para la anarquía
y estoy esperando
por la última humillación
de todos los gobiernos
estoy perpetuamente esperando
un renacimiento del asombro

Yo estoy esperando por la Segunda Venida
y estoy esperando
por una resurrección espiritual
que barra a través del Estado de Arizona
y estoy esperando
por el almacenamiento de Las Uvas de la Ira
y que ellas prueben
que Dios realmente es americano
y yo estoy esperando
a verlo en televisión
siendo drenado a los altares de las Iglesias
si solo ellos pudieran encontrar
el canal correcto
para sintonizarlo
y yo estoy esperando
a que la última cena sea servida
con un extraño y nuevo aperitivo
y estoy perpetuamente esperando
un renacimiento del asombro

Yo estoy esperando para que llamen a mi número
y estoy esperando
a la toma del Ejército de Salvación
y yo estoy esperando
la bendición del sumiso
que heredará la tierra
sin impuestos
y estoy esperando
para que los bosques y animales
reclamen la tierra como suya
y yo estoy esperando
la manera de planear
la destrucción de todos los nacionalismos
sin matar a nadie
y yo estoy esperando
a los pardillos y a los planetas a que caigan como lluvia
y estoy esperando para que los amantes y las plañideras
se recuesten juntos otra vez
en un nuevo renacimiento del asombro


(1958).

México, un viaje al país de los Tarahumara - Antonin Artaud (Fragmento)

Michel Serres (Fragmento de entrevista)

"Me gustan mucho los ríos, me gusta mucho el mar, me gustan mucho los bosques, me gusta mucho el campo, la naturaleza, el mundo, etc. Y necesito a menudo entender la belleza de algunos sitios, la magnificencia de alta mar, la potencia extraordinaria de los glaciares en altitud, el rompimiento gigantesco del viento sobre el mar, que escribe sobre el mar unas líneas que se llaman ondas u olas, como yo escribo en una página, el labrador de surcos.
Y a menudo me pregunto ¿pero, bueno, qué es ese ruido que hace el viento en las hojas? ¿Qué es ese rugido que la tempestad hace sobre el mar? Y me vuelve a la cabeza el viejo animismo.
Es decir, me pregunto si no habrá algo divino en el universo, no dios como persona o entidad, sino el adjetivo, el mero adjetivo. Y hay en mí como un extrañamiento y una fascinación ante lo que creo que es algo divino en el universo.
Cuando crees que hay algo divino en el universo, puedes estar absolutamente seguro de que no lo hay en la sociedad.
(…)
En este misticismo hay principios muy, muy poderosos de descreimiento en las religiones tradicionales. Eso es lo que me permite tener un pie fuera y un pie adentro. Impío místico."

"Y luego te vas. Y se trata de saber qué te llevas. Y conforme vas viviendo, sabes que te llevas lo que menos va pesando. Es decir, te llevas lo que es más ligero y luego lo que es más sutil y luego ya nada. Eso es. Y vivir es haberse marchado y quedarse tan aliviado que vuelves desnudo.
Cuanto más envejeces, más te desnudas. Es mucho más fácil para viajar. No hacen falta maletas, y resulta que la libertad toma el sentido aéreo, el sentido, si, bastante alegre, bastante gozoso. En el fondo, la palabra clave podría ser el gozo. No tanto el placer sino el gozo. El gozo de pensar, de vivir, de tener un cuerpo, el gozo de conocer a los demás. El gozo. En el fondo, la filosofía es eso. Es el descubrimiento del esplendor del gozo."
"Hay actos en la vida que son instintivos… ciegos, totalmente ciegos pero que están regados por una luz interior que se ve después, eso es, la luz se… la luz llega después."