miércoles, 8 de octubre de 2014

Tierra de atrás, literalmente. - Julio Cortázar

Todo vino siempre de la noche, background inescapable,
madre de mis criaturas diurnas. Mi solo psicoanálisis posible
debería cumplirse en la oscuridad, entre las dos y las cuatro
de la madrugada -hora impensable para los especialistas.
Pero yo sí, yo puedo hacerlo a mediodía y exorcizar a pleno
sol los íncubos, de la única manera eficaz: diciéndolos.

Curioso que para decir los íncubos haya tenido que
acallarlos a la hora en que vienen al teatro del insomnio.
Otras leyes rigen la inmensa casa de aire negro, las fiestas
de larvas y empusas, los cómplices de una memoria
acorralada por la luz y los reclamos del día y que sólo vuelca
sus terciopelos manchados de moho en el escenario de la
duermevela. Pasivo, espectador atado a su butaca de
sábanas y almohadas, incapaz de toda voluntad de rechazo o
de asimilación, de palabra fijadora. Pero después será el día,
cámara clara. Después podremos revelar y fijar. No ya lo
mismo, pero la fotografía de la escritura es como la
fotografía de las cosas: siempre algo diferente para así, a
veces, ser lo mismo.

Presencia, ocurrencia de mi mándala en las altas noches
desnudas, las noches desolladas, allí donde otras veces conté
corderitos o recorrí escaleras de cifras, de múltiplos y
décadas y palíndromas y acrósticos, huésped involuntario de
las noches que se niegan a estar solas. Manos de inevitable
rumbo me han hecho entrar en torbellinos de tiempo, de
caras, en el baile de muertos y vivos confundiéndose en una
misma fiebre fría mientras lacayos invisibles dan paso a
nuevas máscaras y guardan las puertas contra el sueño,
contra el único enemigo eficaz de la noche triunfante.

Luché, claro, nadie se entrega así sin apelar a las armas
del olvido, a estúpidos corderos saltando una valla, a
números de cuatro cifras que disminuirán de siete en siete
hasta llegar a cero o recomenzarán si la cuenta no es justa.
Quizá vencí alguna vez o la noche fue magnánima; casi
siempre tuve que abrir los ojos a la ceniza de un amanecer,
buscar una bata fría y ver llegar la fatiga anterior a todo
esfuerzo, el sabor a pizarra de un día interminable. No sé
vivir sin cansancio, sin dormir; no sé por qué la noche odia
mi sueño y lo combate, murciélagos afrontados sobre mi
cuerpo desnudo. He inventado cientos de recursos mnemotécnicos,
las farmacias me conocen demasiado y también
el Chivas Regal. Tal vez no merecía mi mándala, tal vez por
eso tardó en llegar. No lo busqué jamás, cómo bus-car otro
vacío en el vacío; no fue parte de mis lúgubres juegos de
defensa, vino como vienen los pájaros a una ventana, una
noche estuvo ahí y hubo una pausa irónica, un decirme que
entre dos figuras de exhumación o nostalgia se interponía
una amable construcción geométrica, otro recuerdo por una
vez inofensivo, diagrama regresando de viejas lecturas
místicas, de grimorios medievales, de un tantrismo de
aficionado, de alguna alfombra iniciática vista en los
mercados de Jaipur o de Benarés. Cuántas veces rostros
limados por el tiempo o habitaciones de una breve felicidad
de infancia se habían dado por un instante, reconstruidos en
el escenario fosforescente de los ojos cerrados, para ceder
paso a cualquier construcción geométrica nacida de esas
luces inciertas que giran su verde o su púrpura antes de
ceder paso a una nueva invención de esa nada siempre más
tangible que la vaga penumbra en la ventana. No lo rechacé
como rechazaba tantas caras, tantos cuerpos que me
devolvían a la rememoración o a la culpa, a veces a la dicha
todavía más penosa en su imposibilidad. Le dejé estar, en la
caja morada de mis ojos cerrados lo vi muy cerca, inmóvil
en su forma definida, no lo reconocí como reconocía tantas
formas del recuerdo, tantos recuerdos de formas, no hice
nada por alejarlo con un brusco aletazo de los párpados, un
giro en la cama buscando una región más fresca de la
almohada. Lo dejé estar aunque hubiera podido destruirlo, lo
miré como ni miraba las otras criaturas de la noche, le di
acaso una sustancia primera, una urdimbre diferente o creí
darle lo que ya tenía; algo indecible lo tendió ante mí como
una fábrica diferente, un hijo de mi enemiga y a la vez mío,
un telón musgoso entre las fiestas sepulcrales y su
recurrente testigo.
Desde esa noche mi mándala acude a mi llamado apenas se
encienden las primeras luces de la farándula, y aunque el
sueño no venga con él y su presencia dure un tiempo que no
sabría medir, detrás queda la noche desnuda y rabiosa
mordiendo en esa tela invulnerable, luchando por rasgarla y
poner de este lado los primeros visitantes, los previsibles y
por eso más horribles secuencias de la dicha muerta, de un
árbol en flor en el atardecer de un verano argentino, de la
sonrisa de una mujer que vive una vida ya para siempre
vedada a mi ternura, de un muerto que jugó conmigo sus
últimos juegos de cartas sobre una sábana de hospital.

Mi mándala es eso, un simplísimo mándala que nace acaso
de una combinación imaginaria de elementos, tiene la forma
ovalada del recinto de mis ojos cerrados, lo cubre sin dejar
espacios, en un primer plano vertical que reposa mi visión.
Ni siquiera su fondo se distingue del color entre morado y
púrpura que fue siempre el color del insomnio, el teatro de
los desentierros y las autopsias de la memoria; se lo diría de
un terciopelo mate en el que se inscriben dos triángulos
entrecruzados como en tanto pentáculo de hechicería. En el
rombo que define la oposición de sus líneas anaranjadas hay
un ojo que me mira sin mirarme, nunca he tenido que
devolverle la mirada aunque su pupila esté clavada en mí; un
ojo como el Udyat de los egipcios, el iris intensamente verde
y la pupila blanca como yeso, sin pestañas ni párpados,
perfectamente plano, trazado sobre la tela viva por un pincel
que no pretende la imitación de un ojo. Puedo distraerme,
mirar hacia la ventana o buscar el vaso de agua en la
penumbra; puedo alejar a mi mándala con una simple flexión
de la voluntad, o convocar una imagen elegida por mí contra
la voluntad de la noche; me bastará la primera señal del
contraataque, el deslizamiento de lo elegido hacia lo
impuesto para que mi mándala vuelva a tenderse entre el
asedio de la noche y mi recinto invulnerable. Nos quedaremos
así, seremos eso, y el sueño llegará desde su puerta
invisible, borrándonos en ese instante que nadie ha podido
nunca conocer.

Es entonces cuando empezará la verdadera sumersión, la
que acato porque la sé de veras mía y no el turbio producto
de la fatiga diurna y del eyo. Mi mándala separa la
servidumbre de la revelación, la duermevela revanchista de
los mensajes raigales. La noche onírica es mi verdadera
noche; como en el insomnio, nada puedo hacer para impedir
ese flujo que invade y somete, pero los sueños sueños son,
sin que la conciencia pueda escogerlos, mientras que la
parafernalia del insomnio juega turbiamente con las
culpabilidades de la vigilia, las propone en una interminable
ceremonia masoquista. Mi mándala separa las torpezas del
insomnio del puro territorio que tiende sus puentes de
contacto; y si lo llamo mándala es por eso, porque toda
entrega a un mándala abre paso a una totalidad sin
mediaciones, nos entrega a nosotros mismos, nos devuelve a
lo que no alcanzamos a ser antes o después. Sé que los
sueños pueden traerme el horror como la delicia, llevarme al
descubrimiento o extraviarme en un laberinto sin término;
pero también sé que soy lo que sueño y que sueño lo que soy.
Despierto, sólo me conozco a medias, y el insomnio juega
turbiamente con ese conocimiento envuelto en ilusiones; mi
mándala me ayuda a caer en mí mismo, a colgar la conciencia
allí donde colgué mi ropa al acostarme.

Si hablo de eso es porque al despertar arrastro conmigo
jirones de sueños pidiendo escritura, y porque desde
siempre he sabido que esa escritura -poemas, cuentos,
novelas- era la sola fijación que me ha sido dada para no
disolverme en ése que bebe su café matinal y sale a la calle
para empezar un nuevo día. Nada tengo en contra de mi vida
diurna, pero no es por ella que escribo. Desde muy temprano
pasé de la escritura a la vida, del sueño a la vigilia. La vida
aprovisiona los sueños pero los sueños devuelven la moneda
profunda de la vida. En todo caso así es como siempre busqué
o acepté hacer frente a mi trabajo diurno de escritura, de
fijación que es también reconstitución. Así ha ido naciendo
todo esto.

Sí, y más atrás, siempre, lo que nadie habrá dicho mejor
que Ricardo E. Molinari en Analecta:

Mi cuerpo ha amado el viento y unos días hermosos
de Sudamérica.
Dónde andarán con sus pies mordidos, con mi cara
sola. (Los días mueren en el cielo,
como los peces sedientos, igual que la piel gris sobre
los seres,
sobre la boca que se destruyó amando).

Dónde andará mi cara, aquella otra, que alguien tuvo
entre sus manos
mirándola como a un río asustado.

Mi cuerpo ha querido su sangre y mi alma ha visitado
algunos muertos,
igual que a una fuente, donde a veces llega la tarde
con un lirio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Ajam...