lunes, 18 de mayo de 2015

Fragmentos de Poemas de Paco Urondo

Dos líneas de fiebre, mareas y pronósticos
Oigo tu paso que se acerca o se
despide; revolcar la sangre, el odio; conocer,
reconocernos. Saber para qué sirven
los fracasos, las victorias del amor. Dejar
que a tu rincón se siente quien no debe sentarse.
(…)

Fin Y Principios
Estoy en los ruidos de la tristeza,
en las tablas de la perdición,
en el aire de este tiempo maldito, infortunado;
llovizna criminal y sucia.
En aventuras, en la queja
del muerto y el terror de los vivos y el soplo
de los convalecientes.
Estoy en el clamor encontrado, fuera
de la felicidad y el fascismo y el olvido sin escuchar
la clausura y la ausencia,
sin tolerar la conmiseración, o desconocer
la alegría o la bondad o el dolor del caído.
Sin sentir resignaciones, sufriendo con rabia
la esperanza, viviendo a mi manera.

Escola do samba
Me aburro dando vueltas;
más que bailar prefiero quedarme sentado
escuchando la música.
Es difícil perder el tiempo
o ganarlo. Es difícil ser torpe. Tener ocasiones en la vida.
Hay que actuar con naturalidad, ser espontáneo, estar muy loco o muy decidido.
(…)
No sabemos escuchar;
nos gusta ir haciendo cualquier cosa para destruirnos,
olvidar un tango cantado de esa manera tan perfecta.
(…)
seducidos durante todo el mundo,
dando vueltas como animales perdidos.

Del otro lado
(…)
No se la puede escuchar serenamente, tiemblan
las manos, el corazón se encoge de dolor;
da un poco de miedo mirar a la gente, detenerse.
Ocurre lo de siempre.
(…)
Desde aquella vez no sabemos qué hacer con las historias
de los muertos que no aceptan su desdichada condición,
no sabemos qué hacer con el miedo; no sabemos
encontrar nuestras manos, nuestra
tristeza. El mundo inconsistente.
(…)
Se derramará sobre tu memoria,
como el alcohol que se vuelca entre los nervios y la madrugada;
la historia sobrevolará tu linda cabecita,
será un cuervo que sacudirá tus entrañas corrompidas,
que despeinará cariñosamente tu pelo.

Los Gatos
(…)
y me voy contento a
revolver papeles, a aferrarme al teléfono:
desde el mar se divisa la costa
y mi teléfono, tabla de un naufragio, me acercará a la orilla;
el mundo existe y se mueve,
y el viejo mundo insiste y los amigos responden a mi llamado.
(…)
Paso mi vida en esta parte del mundo y a veces me quejo de
mi suerte;
todos me reprochan esta debilidad, pero nadie puede curarla;
entonces me dejo llevar, atrapar por las fieras
que esconden y afilan sus uñas. Alguien toca la guitarra;
un hechicero hace brincar las salamandras del siglo. Hay
luz en la vida nocturna;
Jim Hall destroza la noche pesimista de El Bajo,
disimula la tristeza pesada de estar entre nativos; la ver-
güenza de ser del sur
los parientes pobres; la sorpresa imposible
de reconocer al mundo en otros lugares, en otros sueños,
en otro alcohol de la gente. Los nativos olvidan las injurias
y admiran la ternura del jazz y perdonan y aman, todavía.
Esta parte del mundo me rodea y siento
que me han salvado mis errores
(…)
somos los vencedores, los campeones de la noche;
vemos en la oscuridad,
tenemos un ojo de gato y otro de pereza y de miedo; tro-
pezamos
para encontrarnos, para pedir perdón, para tocar:
nos repugna la soledad,
queremos lugares donde dure el humo y el calor de la gente.
(…)
…la memoria nunca abandona; los errores me salvan.
(…)
Conozco la ternura
de los borrachos que andan de la mano, como escolares,
para no perderse.
Se orinan encima, embotados en su destino. Conozco esto
y mucho más:
conozco la ternura y la destrucción del alcohol; los ojos en
la oscuridad;
los pasos y los obstáculos;
los ojos en la sombra; la dignidad perdida, el misterio que
fue, la aventura disuelta,
la sombra descubierta, ardiendo en el alcohol ganado para
siempre.
(…)
Qué otra salida les queda,
pequeños baguales de la noche: caminar
y mezclarse con los límites de sus fuerzas; andar
sin saber exactamente dónde terminarán;
sin sosiego; sin imaginarse siquiera donde empieza su camino;
sin esperanzas o sabiendo demasiado. Caminan para siempre,
para no tocar otros bordes que correspondan a otros límites,
a otro miedo que no sea la propia incertidumbre. Vagos y
rebeldes
de la noche; caminarán asustados, pero nadie podrá salvarse
o seguir más allá del derrumbe de otras noches, de otras
sombras;
de las sombras triviales del miedo.
(…)
Mis errores me salvan;
iluminan la noche despavorida, eléctrica, cargada de
indecisiones absolutas y postergadas,
de risas que disimulan, de lugares donde nadie se anima.
(…)
Es fácil decir que esos errores
bien pudieron ser evitados, o decir que eran inevitables;
que no hubo errores: no hay sabidurías quietas, hombres
detenidos en el mundo, temores
imprecisos, maldiciones vagamente sueltas.
(…)
 “Delicias de esta vida”, dicen los vagabundos
del juego
y sacan las uñas y agregan: “Nada hay más hermoso que
perder,
nada hay más hermoso que vivir, aunque sea perdiendo”.
Tropezando,
recuperando un grito que hunde la luz
y raspa el sol de la madrugada. Vencidos por el sueño,
no hay por qué seguir adelante o caer, sino iniciar
la gruesa jugada del fracaso o de la alegría.
(…)

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