lunes, 15 de junio de 2026

Fragmentos de Diario II (1934-1939) - Anaïs Nin [Parte VII]

THE DIARY OF ANAIS NIN
Traducción de Enrique Hegewicz
Me adelanté algunos capítulos para publicar esto ahora.
(…) He luchado demasiado por una espiritualidad honesta y por una vida libre, para pasar de una forma de estrechez mental a otra, de un dogma a otro, de un prejuicio a otro.
(…) Yo no creo que la dualidad sea algo que debilita. Es posible convertirla en un arma muy útil. Todo depende de la propia flexibilidad, de la capacidad de ceder ante presiones procedentes de dos campos distintos y de evolucionar con fluidez entre ellos. Es la rigidez lo que causa las rupturas.
(…) Gonzalo y yo mirábamos las velas en su apartamento, las veíamos temblar. Le pregunté porqué temblaban tanto las velas, y él me contestó:
-         - Porque están inquietas.
Jean Carteret comprende mi vida, y yo la suya.
-        -  Nosotros negamos la realidad. Solo buscamos el sueño.
Para mi Carteret no tiene trabas, es fluido, libre, mágico. Pero él mismo confiesa que solamente su espíritu es libre. En todo lo demás está estancado. Está bloqueado. No puede ser ni artista ni amante, tampoco marido, ni conferenciante, ni viajero. Juega a ser todo eso, parcialmente. Lo que yo buscó es la Vie Féerique (“Vida mágica”), donde todo pasa como en un sueño. No busco la comodidad, sino la suavidad de los hechos mágicos. No busco el lujo, sino las ilusiones teatrales de la belleza. No busco la seguridad, sino los efectos de droga que produce la armonía. No busco el orden sino la organización irreal de los objetos, como en los sueños. No busco la perfección, sino la ilusión de la perfección. No busco el tiempo que marca el reloj, sino la instantaneidad de los milagros. No busco el trabajo, sino la realización de todo mis deseos. No busco el servicio, sino una inmediata satisfacción para cada uno de los deseos que formulo. No busco la paz, sino la secuencia del sueño. No busco la ausencia de la muerte, sino la vida eterna del sueño. No busco la rebelión contra los cambios, ni la perdida, la muerte, o el paso del tiempo, sino lo eterno de cada momento.
[Enero de 1938]
(…) En la mesa de al lado, un hombre se burla de la locura de Artaud, que está encerrado en Sainte-Anne. El hombre parodia su forma de hablar, sus miedos, su délire de persécution. Me dirijo a él y le digo:
-   - Es usted quien debería estar encerrado, no Artaud.
(…) Mi neurosis es profundamente diferente a la de Henry o a la de Artaud, a la de Helba o la de Gonzalo. Es como si, debido a mi fluidez, a mi facilidad para identificarme con los demás, me convirtiera en agua: en lugar de separarme de los demás, como hace Henry, me pierdo en ellos. Si la gente dice «odio los trópicos, odio el campo, odio el color rojo, o el naranja o el negro», me da la sensación de que yo soy el trópico, que Louveciennes es el campo, que mi color es el rojo, que esta persona me odia. Me siento confundida. Para mí, éste es el verdadero laberinto. Identificación, proyección. (…) Veo el doble, el gemelo de los demás (…) en la base de mi vida están la analogía. (…) Entonces no se trata de un abismo, sino de un nuevo mundo. No es una locura sino una profunda verdad. Un principio que nos hace actuar, nuestra fatalidad interior. No actuamos de acuerdo con nosotros mismos. Actuamos. Estamos poseídos. Así son los múltiples milagros de la personalidad. (…y) todos nos devolvemos a nosotros mismo mediante la creación.