miércoles, 28 de noviembre de 2012

Soren

El espectáculo más ridículo para mí es el de andar apresurado por todo, el que ofrece un hombre que se mata trabajando y buscando comida. Por eso cuando veo que una mosca se posa en la nariz de un negociante en el momento crítico, o que éste es salpicado por un carro que pasa ante él con más prisa aún, o que se hunde un puente de madera, o que se le cayó encima una teja y le mató, me río con verdaderas ganas. ¿Y quién podría dejar de reir? ¿Qué arreglan con sus prisas esos hombres? ¿No les ocurre acaso lo que a aquella mujer que, al declararse un incendio en su casa, en su prisa salvó las tenazas de la lumbre? ¿Qué otra cosa salvaron ellos del gran incendio de la vida?

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